García Márquez cuenta la historia de un pueblo, Macondo,
desde su fundación hasta su destrucción. Son impresionantes
los distintos momentos y la existencia de este pueblo. Haremos un
rastreo de los episodios que destacan el universo ficcional de Cien
años de soledad, podemos advertir estrechas relaciones entre
el lenguaje y sus distintos portadores (narrador y personajes),
y la realidad que describe la novela, la de Macondo. Por lo tanto,
en la novela de García Márquez, el lenguaje del narrador
y de los personajes actúa como constructor de realidad.
Análisis Contextual:
Cien años de soledad escrita por Gabriel García
Márquez “El Gabo” en 1967, narra en tono épico la
historia de una familia colombiana, en la cual se pueden rastrear
las influencias estilísticas del novelista estadounidense
William Faulkner.
Con Cien años de Soledad García Márquez ha
despertado admiración en numerosos países occidentales
por la personalísima mezcla de realidad y fantasía
que lleva a cabo en sus obras narrativas, situadas siempre en Macondo,
una imaginaria ciudad de su país.
García Márquez
Melquíades compone la historia de Macondo y sus habitantes.
Lo que estamos leyendo, al leer la novela, no es más que
ese pergamino en el que el gitano escribió la historia; sólo
que esto recién lo sabemos en el desenlace de la obra. Cuando
acaba nuestra lectura, acaba también Macondo. Como lectores,
asistimos a la fundación de Macondo, a los orígenes
de ese pueblo; también somos testigos de su evolución
y finalmente de su destrucción. Con el desarrollo de la vida
en Macondo, también conocemos el origen y evolución
de su lenguaje, que resume la historia de todo lenguaje humano.
En Cien años de soledad aparecen
varios puntos de vista respecto a un mismo hecho histórico:
Empieza la leyenda con la ubicación del coronel Aureliano
Buendía. Informaciones simultáneas y contradictorias
lo declaraban victorioso en Villanueva, derrotado en Guacamayal,
devorado por los indios Motilones, muerto en una aldea de la ciénaga
y otra vez sublevado en Urumita.
Del mismo modo, dos puntos de vista se proyectan sobre los acontecimientos
sucedidos en Macondo durante la guerra civil: la versión
de la masacre contada por José Arcadio Segundo y la versión
oficial de los hechos, según la cual no hubo muertos, son
dos relatos que niegan la posibilidad de la historia como hecho
unitario. La versión oficial, mil veces repetida y machacada
en todo el país terminó por imponerse: no hubo muertos,
los trabajadores satisfechos habían vuelto con sus familias,
y la compañía bananera suspendía actividades
mientras pasaba la lluvia.
[...] Era todavía la búsqueda
y el exterminio de los malhechores, asesinos, incendiarios y revoltosos
del Decreto Número Cuatro, pero los militares lo negaban
a los propios parientes de sus víctimas, que desbordaban
la oficina de los comandantes en busca de noticias. "Seguro
que fue un sueño", insistían los oficiales.
Para la versión oficial, la que con el tiempo será considerada
la verdadera historia, en Macondo no ha pasado nada, ni está
pasando ni pasará nunca. Éste es un pueblo feliz.
Así consumaron el exterminio de los jefes sindicales.
La Historia:
José Arcadio Buendía, siendo joven, acompañado
por sus hombres, con mujeres, niños y animales, atravesó
la sierra buscando una salida al mar, y al cabo
de veintiséis meses desistieron de la empresa y fundaron
a Macondo para no tener que emprender el camino de regreso.
Al comienzo, era una aldea en la que no se mandaba con papeles;
cuando Don Apolinar Moscote mostró el papel en el que había
sido nombrado corregidor del pueblo, José Arcadio Buendía
le dijo: En este pueblo no mandamos con papeles. Vemos la fase
primitiva de Macondo, en la que hay predominio de la oralidad; luego,
veremos la importancia de la lengua escrita.
En la fase primitiva de Macondo, en los orígenes de este
pueblo, nos encontramos con sus fundadores y primeros habitantes
que se enfrentan a la exigencia de nominar lo que contemplan por
primera vez y recurren al señalamiento. El mundo era tan
reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas
había que señalarlas con el dedo. Macondo era por
entonces un pueblo muy reciente; el narrador subraya que un
pueblo sin muertos, es un pueblo sin pasado. Y Macondo
era, al comienzo, un pueblo sin cementerio. Así como Macondo
empieza a tener existencia a partir de su fundación, también
hay un hecho fundante que da existencia a este pueblo en el mundo
de los muertos:
[...] porque Macondo fue un pueblo desconocido
para los muertos hasta que llegó Melquíades y lo señaló
con un puntito negro en los abigarrados mapas de la muerte.
En el segundo capítulo de la novela, José
Arcadio (segunda generación) se va con los gitanos
que año tras año llevaban sus inventos a Macondo.
Úrsula inmediatamente corre tras los pasos de su hijo; cuando
José Arcadio Buendía (padre) advierte la ausencia
de su esposa, reúne a un grupo de hombres y parten en pos
de Úrsula:
Unos pescadores indígenas, cuya lengua desconocían,
les indicaron por señas al amanecer que no habían
visto pasar a nadie. Entre las grandes novedades que distintos grupos
de gitanos llevaban a Macondo, apareció el hielo como el
gran invento de nuestro tiempo. Los macondinos pagaban
cinco reales para tocarlo y sentirse frente a lo sagrado.
La historia de Macondo en unos manuscritos es un
objeto de estudio; lo vemos claramente en el arduo trabajo de desciframiento
que lleva a cabo Aureliano Babilonia. Aureliano
ocupaba todas sus mañanas en descifrar los pergaminos; se
había convertido en un hombre encastillado en la realidad
escrita
Úrsula expresó alguna vez a José
Arcadio: En vez de andar pensando en tus alocadas novelerías,
debes ocuparte de tus hijos —replicó—. Míralos cómo
están, abandonados a la buena de Dios, igual que los burros.
José Arcadio Buendía tomó al pie de la letra
las palabras de su mujer. Miró a través de la ventana
y vio a los dos niños descalzos en la huerta soleada, y tuvo
la impresión de que sólo en aquel instante habían
empezado a existir, concebidos por el conjuro de Úrsula.
José Arcadio Buendía, absorbido por los inventos de
los gitanos y fascinado de tal modo por los mismos, convertido en
experimentador, se había olvidado de la realidad que lo circundaba.
Él era sólo para sus inventos. Incluso había
dejado de ocuparse de sus propios hijos; en cierto modo, habían
dejado de existir para él. El conjuro de Úrsula
es la expresión que emplea el narrador como sinónimo
de "las palabras de Úrsula"; a partir de éstas,
en el instante en que son pronunciadas, los hijos empiezan a existir
para su padre.
En la historia de la familia Buendía es interesante destacar
la explicación la genealogía de los nombres. En la larga
historia de la familia, la tenaz repetición de los nombres
le había permitido sacar conclusiones que le parecían
terminantes. Mientras los Aurelianos eran retraídos, pero de
mentalidad lúcida, los José Arcadio eran impulsivos
y emprendedores, pero estaban marcados por un signo trágico.
La historia de la familia Buendía es una historia de repeticiones.
Los nombres Aureliano y José Arcadio reiterados
nos hablan del eterno retorno. Los personajes, designados con los
nombres de otros, adquieren rasgos de personalidad de sus antecesores.
Esta agrupación por clases (los Aurelianos y los Arcadios)
define el carácter de los personajes y marca sus destinos.
Cuando Aureliano, el primer ser humano que nació
en Macondo , tenía tres años, entró
a la cocina y sorprendió a su madre diciendo:
se va a caer. La olla estaba bien puesta en el
centro de la mesa, pero tan pronto como el niño hizo el anuncio,
inició un movimiento irregular irrevocable hacia el borde,
como impulsada por un dinamismo interior, y se despedazó
en el suelo. El presagio de Aureliano no se quedó en las
palabras; dentro del plano de lo real imaginario también
aparecen episodios en los que claramente la palabra determina la
realidad.
Aquí son los presagios de Aureliano los que se convierten
en hechos. Otras palabras proféticas de Aureliano se constituyen
en centro de episodios importantes.
El coronel Aureliano Buendía, después de ocho meses
de haber partido, le escribió a su madre Úrsula. Dentro
del sobre lacrado que le envió por medio de un emisario,
había un papel escrito con una caligrafía preciosista
que decía: Cuiden mucho a papá porque se va
a morir. Entonces entraron al cuarto de José Arcadio
Buendía, lo sacudieron con todas sus fuerzas, le gritaron
al oído, le pusieron un espejo frente a las fosas nasales,
pero no pudieron despertarlo.
La peste del insomnio y del olvido. Los macondinos habían
contraído esta enfermedad; hasta los niños permanecían
despiertos sin poder, como el resto de los habitantes del pueblo,
conciliar el sueño de modo alguno. Tiempo después
nadie volvió a preocuparse por la inútil costumbre
de dormir.
[...] lo más temible de la enfermedad del insomnio no era la
imposibilidad de dormir, pues el cuerpo no sentía cansancio
alguno, sino su inexorable evolución hacia una manifestación
más crítica: el olvido [...] empezaban a borrarse de
su memoria los recuerdos de la infancia, luego el nombre y la noción
de las cosas, y por último la identidad de las personas y aun
la conciencia del propio ser, hasta hundirse en una especie de idiotez
sin pasado.
Aureliano fue quien descubrió la fórmula que los defendería
de las evasiones de la memoria: marcar cada cosa con su nombre fue
el modo de no olvidar la realidad. Con un hisopo entintado marcó
cada cosa con su nombre: mesa, silla, reloj, puerta, pared, cama,
cacerola. Fue al corral y marcó los animales y las plantas:
vaca, chivo, puerco, gallina, yuca, malanga, guineo.
Poco a poco, estudiando las infinitas posibilidades del olvido, se
dio cuenta de que podía llegar un día en que se reconocieran
las cosas por sus inscripciones, pero no se recordara su utilidad.
El letrero que colgó en la cerviz de la vaca era una muestra
ejemplar de la forma en que los habitantes de Macondo estaban dispuestos
a luchar contra el olvido: Esta es la vaca, hay que ordeñarla
todas las mañanas para que produzca leche y a la leche hay
que hervirla para mezclarla con el café y hacer café
con leche.
Así continuaron viviendo en una realidad escurridiza,
momentáneamente capturada por las palabras, pero que había de fugarse sin remedio cuando olvidaran los
valores de la letra escrita.
Entre los carteles que habían invadido
Macondo, uno decía Dios existe. Todo lo que pudiera
ser apresado por las palabras se convertía inmediatamente en
una realidad. La comprobación de su existencia era la posibilidad
de ser expresado por el lenguaje. Este episodio, cuyo origen es la
llegada al pueblo de Visitación, una india guajira, y de su
hermano, quienes huían de una peste de insomnio que flagelaba
a su tribu desde hacía varios años, transformó
a Macondo durante el tiempo que duró la peste. La primera que
manifestó los síntomas de la enfermedad fue Rebeca,
con sus : ojos alumbrados como los de un gato en la oscuridad.
Es éste uno de los hechos más significativos
en cuanto a la relación entre las palabras y las cosas. La
pérdida de la palabra es la pérdida de la memoria
y del pasado.
La peste del olvido nos presenta a un narrador que frente
al suceso acentúa la idea de una estrecha dependencia de
la realidad con respecto al lenguaje; la idea de que las cosas y
sus utilidades están representadas por las palabras que las
nombran aparece en todo su esplendor, es llevada al extremo.
Lo milagroso:
Cansado de predicar en el desierto, el padre Nicanor
[...]. Suplicó tanto que perdió la voz [...].
Cantó los evangelios con voz lacerada por la súplica.
El muchacho que había ayudado a misa le llevó una
taza de chocolate espeso y humeante que él se tomó
sin respirar. Luego se limpió los labios con un pañuelo
que sacó de la manga, extendió los brazos y cerró
los ojos. Entonces el padre Nicanor se elevó doce centímetros
sobre el nivel del suelo. Fue un recurso convincente.
Lo mítico legendario
García Márquez se apropia de realidades ficticias
presentes en otros textos literarios; éstas son absorbidas
por Cien años de soledad. Realidades mítico-legendarias
que fueron objeto de varias literaturas son también aquí
objeto de la novelística del autor colombiano.
Mientras la historia se desarrolla, Melquíades
está sentado en el rincón, sentado al escritorio,
garabateando signos indescifrables; desde el comienzo
de la novela podemos ir descubriendo que Melquíades es
el narrador de la historia, la va construyendo desde la palabra.
El gitano se pasaba horas y horas garabateando su literatura
enigmática. Melquíades es aquel ser prodigioso que
decía poseer las claves de Nostradamus; se señala
con esta referencia al personaje, el poder de su palabra profética.
Melquíades tenía una mirada que parecía
conocer el otro lado de las cosas.
¿Qué les pasa a los habitantes de Macondo?
En tanto los personajes no descifran los manuscritos de Melquíades,
no pueden conocer su identidad (especie condenada a vivir cien años
en soledad) ni su destino final (la destrucción). Aureliano
Segundo se dio a la tarea de descifrar los manuscritos
de Melquíades; pero le fue imposible. Las letras
parecían ropas puestas a secar en un alambre, y se asemejaban
más a la escritura musical que a la literaria. En
una de sus jornadas de trabajo, Aureliano Segundo
sintió que no estaba solo en el cuarto. Allí se encontraba
Melquíades; desde esa vez se vieron casi todas las tardes.
Con respecto a los manuscritos, le explicó que nadie
debe conocer su sentido mientras no hayan cumplido cien años.
Aureliano Babilonia, quien sí pudo finalmente
traducir los pergaminos, encerrado en su tarea de descifrar los
manuscritos, ante una aparición de Melquíades le contó
a éste que ya había descubierto en qué lengua
estaban escritos: en sánscrito.
Aureliano tenía tiempo de aprender el sánscrito en
los años que faltaban para que los pergaminos cumplieran
un siglo y pudieran ser descifrados.
Aureliano Babilonia, convertido en narratario, ocupó su
tiempo en el aprendizaje del sánscrito para llegar a tiempo
con la traducción. Después de tres años desde
que Santa Sofía de la Piedad le llevara la gramática,
consiguió traducir el primer pliego. Pero aún faltaba
para lograr comprender esos versos cifrados. Hubo un instante
prodigioso en el que encontró las claves del pergamino
en el epígrafe que decía: El primero de
la estirpe está amarrado en un árbol y al último
se lo están comiendo las hormigas. Así
comprendió que esos manuscritos que estaba descifrando
comprendían la historia de la familia, escrita
por Melquíades hasta en sus detalles más triviales,
con cien años de anticipación. En el desenlace
de la novela se devela la identidad del narrador: Melquíades.
La historia de Macondo estaba escrita, las palabras preexistieron
a la fundación, desarrollo y destrucción del pueblo.
Aureliano Babilonia supo que su destino estaba escrito:
[...] empezó a descifrar el instante que estaba
viviendo, descifrándolo a medida que lo vivía, profetizándose
a sí mismo en el acto de descifrar la última página
de los pergaminos, como si se estuviera viendo en un espejo hablado.
[...] antes de llegar al verso final ya había comprendido
que no saldría jamás de ese cuarto, pues estaba previsto
que la ciudad de los espejos (o los espejismos) sería arrasada
por el viento y desterrada de la memoria de los hombres en el instante
en que Aureliano Babilonia acabara de descifrar los pergaminos, y
que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para
siempre, porque las estirpes condenadas a cien años de soledad
no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra".
Biografía:
García Márquez, Gabriel (1928-
), escritor, periodista y premio Nobel colombiano. Nació
en Aracataca y se formó inicialmente en el terreno del
periodismo. Fue redactor de El Universal, un periódico
de Cartagena de Indias durante 1946, de El Heraldo en Barranquilla
entre 1948 y 1952, y de El Espectador en Bogotá
a partir de 1952. Sus novelas más conocidas son Cien
años de soledad (1967), que narra en tono épico
la historia de una familia colombiana, y en la cual se pueden
rastrear las influencias estilísticas del novelista estadounidense
William
Faulkner, y El otoño del patriarca (1975), en torno
al poder y la corrupción políticos.
Crónica de una muerte anunciada (1981) es la historia de un
asesinato en una pequeña ciudad latinoamericana, mientras que
El amor en los tiempos del cólera (1985) es una historia de
amor que se desarrolla también en Latinoamérica. El
general en su laberinto (1989), por otro lado, es una narración
ficticia de los últimos días del revolucionario y hombre
de estado Simón Bolívar. También es autor de
varios libros de cuentos como La increíble y triste historia
de Eréndira y de su abuela la desalmada (1972) o Doce cuentos
peregrinos (1992). García Márquez ha despertado admiración
en numerosos países occidentales por la personalísima
mezcla de realidad y fantasía que lleva a cabo en sus obras
narrativas, situadas siempre en Macondo, una imaginaria ciudad de
su país. Su última obra publicada, Noticia de un secuestro
(1996), es un reportaje novelado sobre el narcoterrorismo colombiano.
Recibió el Premio Nobel de Literatura en 1982 y fue formalmente
invitado por el gobierno colombiano a regresar a su país, donde
ejerció de intermediario entre el gobierno y la guerrilla a
comienzos de la década de los ochenta.
REFERENCIAS
http://www.sgci.mec.es/au/senor_presidente.htm
Foucault, Michel, Las palabras y las cosas, Buenos Aires, Siglo
xxi, 1981.
García Márquez, Gabriel, Cien años de soledad,
Buenos Aires, Hyspamérica, 1982.
Vargas Llosa, Mario, García Márquez: Historia de
un deicidio, Barcelona, Barral Editores, 1971.
Vattimo, Gianni, Posmodernidad: ¿una sociedad transparente?,
Madrid, Antropos, 1994 .
Enciclopedia ENCARTA. Versión Electrónica . Microsoft.
1998.
Protagonistas del mundo. (1994).Tomo 2. Bogotá: Terranova
Editores
Peña , R. y Yépez, L. (2003). Lengua y Literatura.
Caracas: Distribuidora Escolar.
BIBLIOGRAFÍAS RECOMENDADAS
GRAMMA Virtual . Publicación de la Facultad de Historia
y Letras de la Universidad del Salvador .Año I Nº
1 Setiembre 2000